miércoles, 31 de marzo de 2010

Del tráfico de órganos al de extranjeros enfermos terminales



 

Por: Daniella Sánchez / Alfredo Molano
Colombia es uno de los destinos para extranjeros que buscan trasplantes de órganos, situación que —en ocasiones— es aprovechada por estafadores.
Taisir Mahajne
Foto: Diana Sánchez
Taisir Mahajne, un  israelí con una insuficiencia renal, a quien sus ganas de vivir lo llevaron a ser víctima de un engaño que lo dejó en la calle,  y a punto de morir.
Los controles sobre el tráfico de órganos han abierto el camino a nuevas modalidades para chantajear a enfermos terminales con la ilusión de un trasplante. La angustia de la muerte lleva a que personas como Taisir Mahajne se jueguen el todo por el todo a la primera promesa de vida.
Mahajne es palestino con nacionalidad israelí. Tiene 48 años, es padre de cinco hijos, el menor con 10 y la mayor con 20, y padece una insuficiencia renal terminal desde hace 13 años que lo obliga a vivir con la muerte a la vuelta de la esquina.
El año pasado, en uno de los hospitales donde se le realizaban las diálisis a las que debe someterse cada 48 horas, vio un cartel que anunciaba trasplantes en otros países. Sin pensar en el riesgo al que se exponía, hizo todas las averiguaciones, vendió su negocio, reunió el dinero necesario y se despidió de sus hijos. Aunque no sabía nada de Colombia, la esperanza de alargar sus días lo impulsó a tomar un avión que lo traería a Bogotá.
El 17 de noviembre de 2009, sin saber un ápice de español, Mahajne llegó al aeropuerto Eldorado. Los funcionarios del DAS no lo dejaban salir porque el extranjero no sabía ni siquiera adónde iba. Lo único que tenía era el teléfono del representante de la compañía a la que había contactado, la Corporación Prodesarrollo Comunitario (CPC), entidad promotora y prestadora de servicios de salud, con sede en Ibagué, gerenciada por Jaime Barrera.
Según Mahajne, el contrato con la empresa que prometió ayudarlo fue: pagar US$127.000 en dos contados, US$65.000 por adelantado, y el resto al terminar el tratamiento. Con el primer pago quedaban cubiertos el hospedaje en un hotel-clínica; gastos de manutención; traductor hebreo-español todo el día y US$40 diarios para otros gastos. Nada de esto fue cumplido, dijo Mahajne.
Apenas llegó, el señor Barrera sacó a su cliente del counter firmando un documento en el que se hacía responsable de su estadía, y lo condujo a un apartamento en la avenida 116. Quince días después lo obligó a mudarse en contra de su voluntad, y con la amenaza de ser echado a la calle, a un pequeño apartaestudio en la calle 104 con carrera 14, argumentando cuestiones de seguridad. El traductor, de nombre Luis, pasaba sólo un par de horas en la tarde con Mahajne, los US$40 diarios dejaron de llegar y las amenazas de terminar el contrato si se llegaba a comunicar con la embajada o con cualquier autoridad empezaron a despertar sospechas.
Un día, por equivocación, le llegó una carta de un centro médico, en la que se le daba respuesta al derecho de petición a través del cual se había solicitado el trasplante. En el documento dice: "La normatividad colombiana en la cobertura y aplicabilidad de trasplantes a pacientes extranjeros, no residentes en el territorio nacional (…), y la prestación de dicho servicio a extranjeros podrá efectuarse siempre y cuando no existan receptores nacionales o extranjeros residentes en Colombia en la lista regional y nacional de espera (…). Actualmente, a nivel regional existen más de 412 pacientes en lista de espera para riñón, lo que conllevaría un tiempo bastante largo para llegar a ser trasplantado —sin contar el número de pacientes a nivel nacional—". Así, Mahajne se dio cuenta de que algo raro había en su proceso.
Su condición de salud lo obliga a realizarse, cada dos días, una diálisis, un tratamiento que consiste en sacar la sangre de su cuerpo para limpiarla y oxigenarla. Tiene una duración de cuatro horas y deja, como es obvio, al paciente exhausto. Este tratamiento se lo han realizado durante cuatro meses en el Hospital San Ignacio, adonde debe llegar a las 5 de la mañana, trastabillando, golpeándose contra las paredes y subiendo las escaleras jadeando y deteniéndose contra los árboles para descansar.
Hace una semana a Mahajne le comunicaron que no va a ser posible hacerle el trasplante que había pagado, y que por esta razón, debe salir del país a más tardar el 31 de marzo. Le entregaron una reserva con itinerario que podría ser su sentencia a muerte: dos días de transbordos y salas de espera. Ayer, en la CPC nadie le respondió a El Espectador.
En este momento, dice y repite, no le importa cuánto le hayan robado, ni qué va a hacer cuando vuelva a Israel. Lo único que le importa es advertir a otras posibles víctimas del engaño de que  ha sido objeto y regresar lo más pronto posible a su casa. "No vaya y sea que termine por morir en un país ajeno o en el viaje de regreso lejos de mis seres queridos".

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