miércoles, 9 de mayo de 2012

El SARS y los seis grados de separación

El concepto de que todas las personas del planeta se encuentran a sólo seis personas de distancia de cualquier otra plantea implicancias aterradoras cuando se trata de enfermedades altamente transmisibles como el SARS.

Sin embargo, algunos investigadores creen que el efecto "el mundo es pequeño", también conocido como el fenómeno de "los seis grados de separación", puede ayudar a explicar la manera en que esa enfermedad se ha propagado con tanta rapidez en todo el planeta. Según la Organización Mundial de la Salud, ya hay 8.221 contagios y 735 muertos por SARS.

Físicos, psicólogos y matemáticos que se dedican al estudio de los efectos de red -el campo científico que nació del concepto de los seis grados de separación- se encuentran abocados a la tarea de crear modelos matemáticos que logren explicar la rápida difusión del SARS.

"Estamos construyendo modelos de las interacciones que tienen lugar en el seno de los hogares, entre diferentes hogares, en escuelas, centros comerciales y otras zonas públicas", señaló Lauren Ancel Meyers, una profesora adjunta de biología integrativa de la Universidad de Texas, sede Austin.

Meyers y su colega, Babak Pourbohloul, director de la división de desarrollo de modelos matemáticos del British Columbia Centre for Disease Control (Centro Columbia para el Control de enfermedades) utilizarán esos modelos con el fin de determinar cuáles son las estrategias más adecuadas para controlar la propagación del SARS. Los dos investigadores están trabajando en estrecha colaboración con profesionales de la salud pública canadienses. Después de gozar de un período breve de tranquilidad en que no se produjeron nuevos casos, Toronto acaba de informar que se registraron ocho casos aislados de la enfermedad; como consecuencia, los Centers for Disease Control and Prevention (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) de Estados Unidos volvieron a poner en vigencia una advertencia a los turistas. "Desearíamos ayudarlos", señaló Meyers. "Estamos trabajando con un equipo de científicos canadienses que están desarrollando vacunas y tratando de caracterizar (y controlar) el virus". También están procurando desarrollar software que les permita a las autoridades sanitarias predecir la eficacia de diversos métodos -como el uso de máscaras o el establecimiento de cuarentenas– en lo que respecta a detener la propagación de la enfermedad. Hace tiempo que los matemáticos recurren a ecuaciones para analizar la propagación de las epidemias y ayudar a las autoridades sanitarias a controlarlas. En un trabajo publicado hace poco en la revista Science se aplican esos mismos métodos al SARS. En el artículo publicado en Science, los investigadores parten del supuesto de que la mayoría de las personas -excepto los que entran en contacto con los llamados superpropagadores– tienen las mismas probabilidades de desarrollar SARS. Según creen los científicos, los superpropagadores tienen características especiales que hacen que contagien a más personas que los demás pacientes. La ciencia de las redes, por otro lado, parte del supuesto de que los hábitos sociales de una persona pueden aumentar o disminuir sus probabilidades de contagio. Por ejemplo, una determinada persona correría un mayor riesgo de entrar en contacto con alguien que padece SARS si viaja por avión a Taiwán, un país en el que se registra una alta incidencia de esa enfermedad. "Se debe tener en cuenta el hecho de que uno no tiene contacto con todo el mundo, sino sólo con determinadas personas", señaló Mark Newman, un profesor de física y sistemas complejos de la Universidad de Michigan, que fue el primero en aplicar los efectos de red al estudio de la propagación de las epidemias. "A partir de allí, se pueden formular predicciones acerca de la manera en que se propagará la enfermedad o sobre la mejor forma de implementar programas de vacunación y tratamiento para prevenir la propagación". El estudio de los efectos de red se originó en un experimento llevado a cabo por Stanley Milgram, un psicólogo de Yale.

Milgram les indicó a 300 personas seleccionadas al azar que enviaran paquetes a destinatarios que no conocían.

Los "remitentes" recibieron algunas pistas acerca de las personas a quienes debían enviarles los paquetes, como por ejemplo datos generales respecto de su ubicación geográfica y ocupación. Sobre la base de esas pistas, se instruyó a los remitentes para que enviaran el correspondiente paquete a alguna otra persona que ellos consideraran que pudiera tener una relación "más cercana" con el destinatario. El procedimiento se repitió hasta que los envíos finalmente llegaron a los destinatarios. Milgram publicó un informe en Psychology Today en el que aseguraba que los envíos que llegaron a destino habían pasado por seis manos en promedio. Había nacido la escuela de pensamiento de los "seis grados de separación".

La frase "seis grados de separación" (Six Degrees Separation) se hizo famosa gracias al dramaturgo John Guare, que escribió una obra teatral que lleva el mismo nombre (con el tiempo fue llevada a la pantalla). En la obra se narra la historia de un joven negro que engaña a una pareja acomodada de Nueva York, a quienes les hace creer que es hijo de Sidney Poitier y compañero de facultad de sus propios hijos. El joven reitera el engaño con varios integrantes de la elegante comunidad del Upper East Side y, dado que todos ellos están vinculados, terminan descubriendo la farsa.

Un grupo de cinéfilos idearon un juego de salón en el que se desafía a quienes participan a conectar a Kevin Bacon con otros actores, partiendo de la idea de los seis grados de separación. El concepto también tuvo influencia en el campo de la ciencia. En 1996, Duncan Watts aplicó la idea a su tesis de doctorado que versaba sobre el canto de los grillos. Watts procuraba comprender cuál es el procedimiento que siguen los grandes grupos de grillos para sincronizar su canto. Observó que lograban la sincronía escuchando a sus vecinos más próximos, no a la totalidad del grupo. En forma gradual, se va produciendo una reacción en cadena a medida que cada grillo sincroniza su canto con el del vecino y así sucesivamente. Llegó a la conclusión de que el fenómeno era un ejemplo más del efecto de los seis grados en acción.

Cuando Watts y su director de tesis, Steve Strogatz, de la Universidad Cornell, publicaron un trabajo sobre este fenómeno en la revista Nature, se agitaron las aguas. Los investigadores de las disciplinas más diversas -desde el campo de los negocios hasta la informática pasando por la epidemiología– se preguntaron si los efectos de red también se aplicarían en su campo.

Con el tiempo, Watts escribió dos libros sobre los efectos de red, Small Worlds (Mundos Pequeños) en 1999, y Six Degrees: The Science of a Connected Age (Seis Grados: La Ciencia de una Era Conectada), publicado en febrero.

Otros autores se han dedicado al papel que desempeñan los efectos de red en la propagación de las epidemias, como por ejemplo Albert-Laszlo Barabasi, un profesor de física de la Universidad de Notre Dame y autor de Linked (Vinculados). "La propiedad de que el mundo sea pequeño no es una buena noticia en relación con los virus: significa que si un virus es muy virulento y no se lo contiene, podría, en principio, alcanzar a todas las personas de la tierra", señaló Barabasi. "No necesito conocer a una persona para contagiarla: basta con que esté cerca de esa persona".

A pesar del gran interés suscitado por los efectos de red, la teoría de los seis grados de separación fue cuestionada en el 2001. Una investigadora de nombre Judith Kleinfeld, profesora de psicología de la Universidad de Alaska, sede Fairbanks, desenterró los datos obtenidos en la investigación de Yale y descubrió que sólo el 29 por ciento de los paquetes que Milgram había enviado habían llegado a destino, y que algunos de esos envíos habían requerido la intervención de más de seis intermediarios.

Kleinfeld no pudo encontrar pruebas que respaldara
 
n la teoría de que las personas del mundo, o ni siquiera de un mismo país, estén conectadas a través de seis intermediarios. Sostiene que otros estudios, como el de Watt, en realidad constituyen variaciones del estudio original de Milgram. Señala que era más fácil que en esos estudios se pudiera verificar un efecto de red porque se desarrollaron en comunidades pequeñas, como edificios de departamentos, una zona urbana determinada o campus universitarios.
Pero los investigadores aseguran que el tamaño del grupo no tiene importancia: para el investigador, lo importante es la posibilidad de definir las características esenciales de la red. En el estudio de Meyers, esa definición incluiría a las personas con las que entran en contacto los pacientes de SARS y quienes se encargan de darles atención médica. Con esa información, Meyers puede crear un modelo que permita predecir la eficacia de las estrategias que se proponen para luchar contra la enfermedad. "A pesar de las preguntas que todavía rodean al experimento original de Milgram, no cabe duda de que los modelos de red de diversos sistemas biológicos, sociológicos y tecnológicos pueden aportar importantes conocimientos", señaló Meyers.

Mario Lopez Ibañez

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